Monday, February 23, 2015

Catedral

"Frente a su rostro se posaba el frío temple de la que alguna vez le reclamó su soledad. Y detrás de él, el remanente de las mil almas en pena que bajo su seno añoraron descansar."

Permanecía el pueblo callado ante las gotas de lluvia que abrazaban la tierra sin descansar, una y otra vez reverberando entre su helada osadía. Pero para él el cielo y sus lágrimas frías se tornaban completamente irrelevantes, cuanto el peso de todos aquellos que viven la pena de la ausencia ajena se posan sobre sus hombros cansados. 

El hombre que apoyaba su cuerpo y su alma en la oscura catedral no es un hombre de intención cruel, es tan solo un alma caída en desgracia. Un hombre cuya meta en la vida fue truncada desde su nacimiento, y aunque no la reprocha, en ocasiones le hace llorar. Él ha sido dueño de una suerte con la que muchos otros quisieran soñar, pero ha sido también el origen de una desesperación que quebranta las almas fuertes, y en ocasiones llora al unísono con el firmamento. Pero en ese momento el protagonista del dolor era el cielo, puesto que tal vez por responsabilidad, o tal vez mera resignación, los ojos dorados del hombre se aventuraban a permanecer quietos, tranquilos. A pasar desapercibidos ante la miseria que a su dueño no permitía descansar.

Y es que él la vio morir así, de pronto y sin sentido, mientras su rostro quedaba atónito por la impresión de la traición. Ella era una mujer truncada y lo sabía, pero su corazón permanecía sordo. Y cuando el día de su juicio llegó y él se aventuró a profesar la ideología que desde su seno le habían inculcado, el peso en su alma comenzó a cobrar sentido cuando de la sangre de rosas de ella se cubrió su piel canela. Fue en ese instante en que su temple se derrumbó a pesar del aclamo de su pueblo, cuando por primera vez sintió el peso de una muerte amada sobre su vida mercenaria. Y fue en ese instante en que por primera vez dudó sobre el sentido de su existencia, y se atrevió a cuestionar más allá de la fantasía. Y fue esa la primera vez que cuestionó, ¿la persona es mi pueblo o soy yo?

Frente a su rostro se posaba el frío temple de la que alguna vez le reclamó su soledad. Y detrás de él, el remanente de las mil almas en pena que bajo su seno añoraron descansar. Y a pesar de que ella era una mujer despiadada, el pueblo de ella solloza en su ausencia. Es el dolor de las almas en pena y la elegía a su vida las que cobraban la vida del hombre, poco a poco carcomían su alma como debería ser. Se encontraba por su cuenta apoyado en la catedral, ahogando el temor y el resentimiento en su propia soledad, con la mirada apagada y el alma cerrada, caído en desgracia por lo que a ella alguna vez significó. Es el remanente de los latidos sagrados que contaban historias, y traían a su mente memorias que en su alma se guardarán por toda la eternidad. Y él sabe muy bien...sabe que en su dolor está solo, tan solo.


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